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Vientos de Morelos

05-02-2016 - Motivación de los contenidos

Un programa de televisión que recalca la belleza rústica, la que nos recuerda el sol rebotando en el adobe, las calles de piedra y los rojos bruñidos de la teja.

Pero lo que busca es presentar un esfuerzo.

Una esforzada tenacidad de nuestra gente del ejido, que atrapa su recuerdo y no lo deja morir, porque se nos iría para siempre.

Es la manera de detener aquello que se desliza y que se quiere agarrar porque es un patrimonio, pero sobre todo porque es intangible.

La única manera de no permitir que se nos olvide la canción, es cantándola.

Tocándola, silbándola, pasándosela a nuestros hijos, hasta que la entonen otra y otra vez, la oigan otros y se les pegue también.

Entonces podemos descansar, el patrimonio intangible sigue ahí y va a agregarse a lo nuevo, y cada día seremos más ricos en variedad de tonadas, en ritmos, en aires que se tocan sin instrumentos de viento.

Eso nos muestra el programa, a aferrarse a lo nuestro.

Esto entre veredas y festividades, en colorido de bugambilia y el azul plomizo de los batones de las mujeres, y en medio del brillo de trompetas que producen sus sones en pleno sol, junto al guamuchil que le da sombra a los papeles pautados que siguen los ojos negros de los que tocan.

Son melodías de siempre, echas de estruendo y sonoros rugidos de fiesta, el son que invita al baile, al brinco, al paso que se entona con la música.

Y los que saben porque se acuerdan de lo que cantaban sus ancianos, sus viejos que quién sabe de dónde sacaban el instrumento, y le arrancaban sonidos sin maestros, sin guías hasta hacer de ello una tradición que acompaña rituales, que llena los montes cuando aparee la procesión, el santo patrono, los danzantes y se van acoplando ideas, disfraces, maneras, que ahora sí, son nuestros, solo nuestras y sumándolo todo, algo que se hizo entre todos.

La película nos muestra los dedos finos de chamaquitas que aprietan botones de clarinete, dedos chatos que detienen los platillos uno junto al otro para juntarlos justo cuando le toca romper el tiempo y el azul del cielo con su estruendo metálico.

Las llamamos bandas, y somos famosos entre otras cosas por nuestras bandas, y nuestros sones de vientos, de ese conjunto de instrumentos que ahora vemos en manos de chiquillos, echándole pulmón para producir el aire que se va a tornar en nota, en melodía, en tradición.

Y así se alejan de la droga, del aburrimiento, del vacío.

Son chavitos oriundos de municipios y comunidades alejadas, a lo mejor no tanto en kilómetros, pero sí en opciones.

Los viejos que saben, ahí están también, diciéndoles cómo, y mientras tejen el tejido social.

Se reconocen en el salvamento de piezas anónimas, casi siempre, que los de antes cantaban y tocaban en instrumentos parecidos, antiguos y quizá no en las mejores condiciones, pero que produce un lenguaje social que nos maravilla a los de fuera y que los reúne y los hace hacer equipo, amistad y banda.

De verlo, vemos la fuerza que aparece y que se hace por hacer algo juntos, las risa, los bromas, las fallas, y luego el que escucha, el que baila, el que mira.

Y es todo el pueblo y lo capta el programa, y entonces filma el momento, con lo que hubo atrás, y con lo que vendrá después.

Y en la película ves la manera de hacer comunidad.

Y en medio de ese verdor, del clima, del calor, van viajando los productores a dejar registro de lo que hacen ellos de lo que preocupa a las comunidades que no es tan diferente a todos los demás, el salvar a los chicos, el darles un motivo, el darles una segura forma de vivir la vida, de ser buscados, de entretenerse, de aceptarse con sus errores y de ayudar al de junto y entre todos a hacer la música que se va al cielo pero que ya no se nos esfuma pues se queda, se nos queda en el registro de nuestros programas y se personaliza con la cara de cada uno, con la manera de hacer, y hasta lo miramos con ternura que despierta la forma ideal de convivir.

Como visión es magnífica, como producción nos da todo lo que les dije, y se lo dije como se siente.

Cada uno de estos pueblos que muchos no conocemos, y que no son turísticos, y que a lo mejor no iremos y que le hace poque los vemos, los vemos vestidos de gala cuando hacen la fiesta, que es lo padre.

Y gracias a esto los conocemos, se salva el chamaco, se cuida la chiquilla, toman en cuenta a los viejos y hacen comunidad.

Y seguimos los morelenses siendo fuertes, muy fuertes en la música de banda.

Cada día se forman más, muchas que se van profesionalizando, y algunas ya tienen maestros y ya se agenciaron nuevos instrumentos y ya le agregan lo que a los nuevos les gusta y crece el repertorio, crece la variedad y crecerá la tradición.

Y Vientos de Morelos, sueño dorado de su productor, ya quien desde hace mucho soñaba sacar del olvido todo eso, para recordarlo para hacerlo recordar .

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